lunes, 8 de mayo de 2017

A LOS SETENTA AÑOS

Al cumplir setenta años
se difumina la meseta de los sueños
el tiempo corre a gran velocidad
y lo extenso es una ondulación porosa.

Es la onomástica de los besos perdidos
de todo cuanto nos omitió la vida
la fiesta de los hechos que no sucedieron
la flor del deseo, el tallo de la realidad.

El paseo matutino para glosar la vejez
y la composición del futuro poema
impregnado de tiempo y espacio
que escribiré más allá de la muerte.

A los setenta años, ha llegado el momento
de poner los relojes en la hora exacta
y entender que hemos vivido, y eso ya,
no nos lo quita nadie
pero dormiremos poco, para ver cuanto antes,
la luz de los días que son esperanza.

Y nos pondremos al servicio del encanto, o desencanto,
imaginando la caricia fresca del viento, en la piel arrugada,
sabiendo que somos la última estrofa de un soneto.
Tres versos que todavía no se han escrito
y  sin que se puedan precisar sus palabras, serán
como la línea horizontal, donde acaba la meseta
a los cien años.

© Luis Vargas Alejo