sábado, 9 de septiembre de 2017

NACÍ EN MADRID EN 1947



Madrid 1963_óleo de Luis Vargas Alejo 100 x 70
Nací en Madrid en 1947
pero no recuerdo donde, ni cuando,
recuérdome montado, en un triciclo
cuando tenía tres años,
corriendo por el pasillo de una corrala.

A los cuatro años fui al colegio
y recuerdo las cuatro horas de lágrima y llanto,
porque los ojos de aquel perro grande
me miraban con ansia de comerme
y mi padre no estaba.

Me alimentaba con pan migado en leche,
pipas de girasol y algún que otro plato de garbanzos.
Fui tan pequeño y delgado
como las ramas de un árbol en otoño.

Y a los nueve años
ya jugaba solo por las calles.



Aprendí a comprar en las tiendas
haciéndole los recados a mi madre,
-que no se movía de casa
porque siempre le dolía algo
con aquella obesidad ingrata
que le produjo la guerra-
aprendí a ser golfillo de la calle
a rodar el aro y bailar el trompo
mientras observaba al mando
que daba vueltas a mi alrededor.

A los quince años quería estudiar filosofía,
pero me pusieron a trabajar en una oficina de seguros
como al tonto que le aseguran el porvenir
enviándole al lago de la ignorancia
en una postguerra de toma pan y moja
donde la vida era un plato de lentejas
que si quieres las comes y, si no, las dejas.

Después pasaron los años y llegaron los amores
el saco de la religión y los cambios de la madurez  inmadura.
Cuando me di cuenta de que el porvenir llegó con el viento
y observé que nunca supe amar, porque nunca me enseñaron
y cuando nadie me veía, escribía poemas sin nombre,
y a poco que me pregunten, digo: "nunca fui feliz, no supe"
-en el barrio donde nací, tocaba la bandurria-
y entre clavelitos, la aurora  y ciertos pasacalles,
 se me pasó el tiempo, cardando lechuguinos.
Ahora hago lo que me da la gana, en tanto en cuanto,
me dejan las circunstancias y otro ingredientes míos.
Sigo escribiendo poemas como el muelle del resorte
que dispara la vida.

Tranquilo, sé que moriré, al terminar los calores, en Granada,
un miércoles o un jueves cualquiera de un otoño frío,
como caído de las ramas del árbol solo,
cual hoja que amarillea, caduca, descarnada y sin sabia,
bailando los valses que suenan en el camino.  

© Luis Vargas Alejo


1 comentario:

  1. Mucho me ha gustado este existencial poema, diría que bigráfico, amigo mío. Estupendo!

    Abrazos

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