lunes, 16 de mayo de 2016

AYER ME VISITÓ UN AMIGO DE PANAMÁ QUE VENÍA A VER A SU ABUELA



-¿Qué os parece si damos una fiesta sorpresa a la abuela que cumple noventa años?
-No estaría mal, pero vive lejos y tendríamos que hacer un gran viaje.
- Bueno, eso no importa y estoy seguro de que le haría una gran ilusión.
- Yo hace tres años que no la veo, pero fue un día estupendo porque se mantiene joven y es muy agradable y simpática. Además es la única familia que nos queda.
- Bueno nos pondremos en contacto con el tío Raimundo que vive en su ciudad y además trabaja en un hotel. Le explicaremos que queremos dar una sorpresa a la abuela. Que nos reserve habitación en su hotel y le diga a la abuela que mañana la va a llevar a comer allí por ser su cumpleaños, pero que no le diga nada de que vamos a ir los tres nietos. Y cuando esté sentada a la mesa, apareceremos nosotras dos con un ramo de flores grandes y después tú, Alfredo, con una tarta y ochenta velas. Le hará mucha ilusión.
-¿Raimundo?
-Sí, ¿quién es? somos tus sobrinos de América. Mira hemos decido darle una sorpresa a la abuela por su cumpleaños y vamos a llegar mañana a España. Queremos que nos reserves dos habitaciones en el hotel y prepares una comida allí mismo en el restaurante para el día siguiente. Te llevas a la abuela para allá, pero no le digas que nosotros vamos a felicitarla. Creemos que le va a dar una gran alegría vernos y nosotros queremos volver a verla también después de la última vez hace tres años, por si la vida nos impide verla más. Ya somos todos muy mayores y estamos lejos unos de otros.
- Bueno, es una idea estupenda, pero no sé si la abuela querrá venir al hotel, ella ya está muy mayor y desde la enfermedad de mi hermano Faustino, no anda muy bien de salud.
- Así la animamos un poco ¿no te parece, Raimundo? y de paso te vemos también a ti. Venga, mañana estamos allí.
Cogimos el avión de madrugada y llegamos al hotel justo por la noche a la hora de cenar y muy cansados.
-Hola tío. Estás estupendo
- Qué alegría, vosotros también os veis muy bien. Cenar algo y acostaros está todo preparado para mañana. A la una y media del mediodía, estará la abuela sentada a la mesa y entonces aparecéis vosotros y le cantamos el cumpleaños feliz. Pero procurar no llorar que la abuela está muy mayor.
- De acuerdo, así lo haremos.
Virtudes, Esperanza y Alfredo, cenaron algo rápido y se acostaron. Se levantaron tarde y dieron un paseo por la ciudad hasta la una y media del mediodía que debían estar en el restaurante.
A la abuela la habían llevado en coche hasta allí y ya estaba sentada a la mesa.
- ¿Pero por qué habéis hecho esta fiesta, Raimundo? Yo, a mi edad, ya no necesito fiestas y si queríais felicitarme, con haber ido a casa hubiera bastado, ya sabéis que yo me canso mucho y hace mucho tiempo que dejé de cumplir años y se me olvidan las fechas y muchas más cosas.
- Bueno hoy es muy especial y mira quién hay ahí con un gran ramos de flores para ti.
Victoria y Esperanza estaban casi a su lado en frente de la mesa con el ramo y lágrimas en los ojos.
- ¿Quien sois? No os conozco. Empleadas del hotel supongo.
- No abuela, somos tus nietas de América que hemos venido a darte un gran beso y un abrazo por tu cumpleaños.
-¡¿Mis nietas!? pero si yo no tengo nietas. Recuerdo que tenía otro hijo que se marchó a América hace mucho tiempo, pero murió y no tuvo hijos creo. No, no sé quien sois.
¿Pero no te acuerdas de mí? Estuve a visitarte hace tres años y lo pasamos muy bien y reímos mucho. ¡Claro que tu hijo, nuestro papá, tuvo hijos, nosotras dos y Alfredo y estamos todos vivos!
En ese momento entró Alfredo con la tarta y las velas cantándole el cumpleaños feliz y dándole un beso.
-¿Y tú quien eres?
-Soy Alfredo, abuela, tu nieto mayor.
No, no te reconozco, y tampoco sé si te he visto alguna vez. Creo que me estáis gastando una broma. Quizá no sea ni el día de mi cumpleaños.
-¡Pero, abuela si somos tus nietos!
- Raimundo, ¿qué pasa?
- Ya os dije que la abuela no estaba muy bien de salud. Hay días que no me reconoce ni a mí que voy a su casa todos los días. Desde hace un año para acá, ha olvidado casi todo su pasado
y vive en un mundo de sombras. No os quise decir nada porque os vi con tanta ilusión que no quise impedir que vinierais para nada, porque teníais derecho a darle un beso por última vez y recordar vuestra infancia con ella, pues aunque ella no se entere, vosotros sí. Sentaros a la mesa y comed. He preparado una suculenta comida y después soplaremos las velas de la tarta todos juntos. Quizá ella viva algún momento a lo largo de la comida que la emocione y con eso será suficiente.

Comieron todos con poca gana y contaban cosas con el tío Raimundo. La abuela no participaba de nada, pero comía con avaricia...alguien dijo en un momento dado "cuando mi papá se fue a América...",  entonces, la abuela levanto la vista del plato y sus ojos estaban húmedos. Una lágrima rodó por su rostro y suspiró profundamente. Todos lloraron con la abuela. Algo había sentido en algún rincón de las neuronas de su corteza cerebral que el alzhéimer le venía produciendo.
Terminaron de comer. Los tres nietos abrazaron a la abuela y la besaron despidiéndose de Raimundo, mientras la abuela los miraba fijamente, indiferente, crispada y con los ojos vidriosos.

De vuelta a su tierra, los tres nietos, comentaron: "creemos que ha valido la pena haber hecho esta fiesta a la abuela, pues no hay mejor medicina que el cariño y el amor, hasta el más olvidadizo y enfermo, siempre lo aprecia y siente. Estamos seguros"

La soledad y la enfermedad son los vacíos de amor que se producen en las estancias que habitamos.

© Luis Vargas Alejo 2016